¿Por qué el feminismo no puede ser una lucha parcial?

 

He conocido a muchas feministas que se mueven en los espacios libertarios en Barcelona, en centros sociales okupados, colectivos, librerías y bibliotecas anarquistas, asambleas, en las que no he observado un compromiso libertario que vaya más allá de la asunción por inercia de ciertas herramientas como la autogestión, la ocupación de edificios y casas arrebatados a la especulación inmobiliaria y su defensa, el asamblearismo -que, recuerdo, porque demasiado a menudo y, lamentablemente, muchas veces se olvida por puro desconocimiento; es una forma de organización anarquista (y no exclusivamente), pero no la única, ni en muchos casos la “mejor”- a ultranza y para de contar. También he conocido a muchos y a muchas anarquistas en Barcelona que no tienen ni el más mínimo compromiso político con la lucha antipatriarcal y sin embargo, inexplicablemente, sostienen una fuerte implicación en la lucha contra el Estado.

Para mí, desde hace un tiempo, la lucha feminista y el anarquismo son inextricables, se alimentan y se conforman la una al otro como si se tratara de dos siameses que comparten pulmones, que se necesitan el uno al otro para sobrevivir. Esta imagen llegó a mí tras el estudio y el conocimiento a través de relaciones con mujeres feministas del Estado español que militaron en el feminismo de la segunda ola (el que en nuestro territorio abarca, tardíamente, desde las Primeras Jornadas Catalanas de la Dona del 1976, hasta, podríamos decir, la creación y consolidación del feminismo institucional, encarnado en el Instituto de la Mujer, el Institut Català de la Dona aquí en els Països Catalans) de los errores cometidos por aquellas, nuestras madres, tías, maestras y profesoras, doctoras, libreras, amigas, a menudo y en cierto modo incómodo y conflictuado, referentes. He odiado mucho a estas mujeres por haber dejado que el Estado  usurpara el enorme potencial de su lucha, por haberse “neutralizado”, haberse dejado comprar a cambio  de un minúsculo e infecto pedacito del pastel del poder que todo lo vuelve inerte. Pero no nos equivoquemos, nadie les ha usurpado nada; ellas, en esa época, hablaban de derechos, de libertades, de  cuotas. Ellas hablaban de partidos políticos, de Transición democrática, de democracia, de paridad, de  igualdad. Eran, en su mayoría,  eformistas, por decirlo llanamente. No pretendían la abolición del Estado, creían en el poder de jueces y policías, a quienes demandaban una justicia y una protección más acorde con sus necesidades. Valerie Solanas era una loca para ellas, ya lo habían dicho sus compañeras de NOW en Estados Unidos; eran pacifistas y profundamente, en su mayoría, (incluso entre las lesbianas) heteronormativas. A menudo homófobas. Una de ellas, antes de una entrevista, me díjo: “Si eres lesbiana no hace falta que me hagas la entrevista, ya te puedes ir”. Y las lesbianas me decían: “Es que había cosas más urgentes que tratar antes que el lesbianismo”. Aspiraban a tener los mismos derechos que los heterosexuales, y lo han conseguido. Un aplauso para ellas.

El divorcio, el derecho al aborto (aunque muy acotado, acotadísimo; y parece últimamente que hasta esto, es demasiado para el Estado), un Instituto de la Mujer, extensión en forma de institutos a todas las comunidades autónomas, una ley sobre violencia de género, el matrimonio homosexual tras la ley de unión de parejas de hecho, la adopción, la ley de dependencia… La culminación de un programa de institucionalización del feminismo que hace treinta años que se desarrolla. Y la pregunta, dirigida a mi madre: ¿Es esto lo que queriais?¿Con esto basta?

Podría parecer que es muy difícil ser feminista hoy en día, y desarrollar tu activismo en este estado de las cosas. Yo diría que ser feminista igualitarista y creer en la democracia es sinónimo de poder. Diría que ser feminista de la diferencia es partirte de risa al contemplar adónde ha llevado el igualitarismo. Diría que  ahora, más que nunca, cobra sentido ser feminista y anarquista, si es que hemos aprendido la lección,  si es que somos capaces de hacerlo. ¿Cómo se explica sino que aún a pesar de todas estas medidas “de género”, dos de cada tres mujeres hallan sido violadas al menos una vez en su vida ( y esto incluye a las jóvenes), que en lo que va de año 66 mujeres hallan sido asesinadas por sus compañeros, que las pri- siones de mujeres sean mil y una veces más terribles que las de hombres -lo señala Amadeu Casellas, un hombre, en su último comunicado-, que sistemáticamente nos torturen en los hospitales cuando vamos allí a parir… En mi opinión, el patriarcado goza de una salud excelente. ¿Significa, simplemente, que “queda aún mucho por hacer”, es decir, por “reformar”?

Para mí, la lección es otra. La lección es que el Estado se funda en el patriarcado igual que en el capital o en el racismo. Es necesario para su perpetuación, y por lo tanto, es absurdo creer que él mismo va a hacerlo desaparecer. Sería como cercenarse un brazo o una pierna. El Estado es una entidad orgánica, parecida a un ser vivo, con sus órganos, subsistemas que hacen posible su existencia. Si alguno de los aparatos básicos falla (por ejemplo el digestivo o el respiratorio), todo el sistema corre peligro. Pero que sea una entidad orgánica no significa que sea una torre de naipes. Que quitemos una de las cartas no garantiza que caiga la torre entera, y, como he dicho antes, en el caso del Estado, no creo que sea posible. Por ejemplo: no es posible eliminar las cárceles y dejar todo lo demás tal y como está. El mismo funcionamiento y entramado del objeto lo impide. Para abolir las cárceles es necesario  destruir el sistema en su totalidad. Para barrer la primacía del hombre blanco es necesario arrancar de raíz todo lo demás. Para acabar con el patriarcado es necesario abatir al resto del cuerpo, cutting up (picadillo), como diría Solanas, al resto de sus órganos. Y así sucesivamente.

 Cuando entendamos esta lección que nos han legado nuestras madres, la siguiente revelación vendrá por sí misma: si no afrontamos así la lucha antipatriarcal (y, como he señalado, todas las demás luchas que pretendan golpear con violencia lo establecido, abolirlo desde sus cimientos), si no la evidenciamos en su interconexión con el resto de órganos que conforman la entidad, le estaremos haciendo el trabajo sucio al patriarcado, ayudándolo a crear ese clima de “progreso” o “paulatina mejora” que es tan importante para su supervivencia, como buen  ilusionista que es, que siempre ha sido. Un lobo con aspecto de abuelita.

Por eso, no entiendo el feminismo sin raíz anárquica, incurrirá en los mismos errores que el feminismo que nos precede, y justamente ahora, que no tenemos tiempo que perder. Tampoco entiendo el anarquismo sin un compromiso antipatriarcal; simplemente, no me lo creo.

Valentina Ripani

Anuncis

Deixa un comentari

Fill in your details below or click an icon to log in:

WordPress.com Logo

Esteu comentant fent servir el compte WordPress.com. Log Out / Canvia )

Twitter picture

Esteu comentant fent servir el compte Twitter. Log Out / Canvia )

Facebook photo

Esteu comentant fent servir el compte Facebook. Log Out / Canvia )

Google+ photo

Esteu comentant fent servir el compte Google+. Log Out / Canvia )

Connecting to %s

%d bloggers like this: