¿Aborto libre y gratuito? ¡Si! ¿Libertad sexual femenina? ¡Seguro!

Hablar de aborto y no tomar en cuenta los significados otorgados por la cultura del poder a la sexualidad femenina y masculina, es tecnologizar las prácticas liberadoras y contemplarnos a nostras mismas como tecnócratas, aplicadoras de métodos de salvación ante las imposiciones culturales al cuerpo. Las reivindicaciones del derecho al aborto obvian, con demasiada frecuencia, el hecho de que este supone una intervención agresiva para los cuerpos de las mujeres e inciden, además, en reforzar el papel de salvaguarda y protector de las mujeres del Estado y sus instituciones médicas.  Ahora bien, a pesar de los peligros, a pesar de la agresividad de la práctica, a pesar de las imágenes de fetos ensangrentados mostradas por las organizaciones pro-vida, las mujeres deben poder abortar si así lo desean, esto es incuestionable.

No voy a caer en la falacia de negar absolutamente la utilidad práctica de las políticas públicas favorables al aborto, las cuales mejoran cualitativamente la vida de las mujeres en el aquí y en el ahora, permitiendo a muchas de nosotras negarnos a la obligatoriedad reproductiva en un momento en el cual nuestras circunstancias pueden no ser las más favorables o simplemente no deseamos llevar adelante el embarazo. Pero partiendo de esta premisa debemos ahondar algo más para no adherirnos sin crítica a determinados discursos.

No hace demasiado una compañera comentaba que tras estudiar las cifras de abortos de la población en la que vive, había observado que en los últimos años, estos habían aumentado un 100%. Este hecho puede significar que cada vez son menos reconocidos aquellos valores patriarcales que sostienen la necesaria finalidad reproductiva de los cuerpos de las mujeres, las cuales, según este discurso, deben abandonar a la suerte o, en el peor de los casos, a los designios de la voluntad divina su destino reproductivo. Pero, por otra parte, el clima de creciente liberación sexual, que debería favorecer a las mujeres, tantos años privadas de la disposición de su propio cuerpo, también genera un abandono, no tanto a los valores patriarcales, sino a los valores del mercado sexual: rapidez y eficacia. Cientos de revistas femeninas, incitan a las mujeres a practicar el sexo aunque, en demasiadas ocasiones, centrando la cuestión en cómo hacer disfrutar a la pareja sexual de turno (en general, un hombre). Así que chicas, no os preocupéis, seguid estas indicaciones, relajaos y disfrutad! Todos los mensajes sexuales a las mujeres van dirigidos a negar su voluntad y su libre desarrollo, ahondando bien en la feminidad tradicional, que contempla la sexualidad de las mujeres como pasiva, orientada hacia lo interpersonal y benigna o bien en la reproducción de los criterios sexuales de la cultura de la masculinidad. Y si bien esta cultura sexual masculina no beneficia tampoco a los hombres, qué decir tiene que los efectos que produce en las mujeres no van a ser mejores.

Tras siglos de restricciones, en los cuales la sexualidad como pecado cobró especial auge y las prácticas debían ir ineludiblemente dirigidas a la finalidad reproductiva, la pérdida de prestigio social de la religión como guía moral y la exigencia de los intereses del mercado, el cual no podía eludir reapropiarse del amplio potencial económico de algo tan venerado y a la vez tan prohibido como el sexo, exigían un nuevo discurso que contrarrestara la culpa cristiana.

Se espera ahora de nosotros que nos mostremos sexualmente espontáneos. Ya no están de moda los subterfugios ni las añagazas. Pero el buen sexo no sobreviene como el rayo. Sólo en las novelas románticas caen en trance los enamorados tras una sola mirada o palpitan tras un roce fugaz (Tiefer, 1996:126). Esta creencia dispone de vigencia hasta el punto en el que muchas personas que no se sienten excitadas en un abrir y cerrar de ojos, creen que padecen alguna disfunción o incapacidad sexual, bien conocido es el caso de la patologización de la anorgasmia[1] o la dificultad de lubricación en las mujeres o los mitos sobre la potencia en la erección masculina. Tras los argumentos que sostienen que preparar o pensar anticipadamente sobre el sexo resta espontaneidad, se esconde frecuentemente una valoración pecaminosa del mismo y por tanto, es preferible dejarse llevar por la pulsión erótica, reduciendo el pecado a la alcoba y a la intimidad y escondiendo el tabú a los testigos, aun a riesgo de que el sexo devenga una actividad rutinaria y repetitiva que parecer un/a pervertid@.

El sexo no es un acto natural (Tiefer, 2006) porque está definido según criterios relativos y existen variaciones asociadas a creencias morales en función de la definición de cada periodo histórico y de cada valoración topológica o cultural y porque el acto sexual humano no depende únicamente de capacidades biológicas instintivas. El discurso del sexo como acto natural sirvió en ciertos momentos para relajar la culpabilidad asfixiante ya que no cabe culpar a nadie que opera según los dictados de la naturaleza. Pero, por otra parte, este mismo discurso alivia de las responsabilidades respecto a la definición de nuestro propio placer: si el sexo es natural, nada cabe hacer para prepararlo, definirlo y pensarlo, nada cabe hacer para definir nuestro placer ni el de nuestra(s) pareja(s) sexual y nada cabe hacer para adquirir nuevos conocimientos y elegir aquellos que más nos agraden. Por otra parte, esta creencia refuerza la medicalización sexual ya que si el sexo debe sobrevenir naturalmente placentero, cualquier dificultad deberá considerarse como un fallo físico o un trastorno psicológico que será debidamente tratado por el/la profesional de turno.

De esta manera, si los seres humanos somos los únicos con un impulso sexual no relacionado exclusivamente con la procreación, deberemos tomar iniciativa para la auto-definición sexual respecto a nuestras preferencias antes de que otr@s se dispongan a ello, labor que ya han iniciado con éxito religiones, sistemas jurídicos, psicólog@s, psiquiatras, medios de comunicación, etc.

Esto no quiere decir que nuestra sexualidad deba reducirse únicamente a una construcción social, ya que en todo caso, esta incidirá sobre nuestros cuerpos, los cuales no solo disponen de significados sociales. El cuerpo no es únicamente un constructo social, sino que también es organismo, masa física que, más allá de los significados socialmente otorgados, está conformada por piel, flujos, vello, cerebro, etc. y de todo ello surgen también deseos y pasiones que no deben ser ignorados.

La identidad femenina ha estado tradicionalmente subyugada a los valores otorgados siempre por otros, en general aquellos dotados de autoridad para generar discursos válidos según el sistema de poder masculino patriarcal. Por esta razón, cabe pensar que los significados otorgados a su sexualidad tendrán su base en esta misma incapacidad de auto-definición.

libsexfemLa sexualidad femenina ha estado históricamente subyugada a la dicotomía entre el placer y el peligro. Si el pacto sexual entre hombres y mujeres, según el cual los hombres protegerían a aquellas mujeres buenas (sexualmente constreñidas) pudiendo castigar a aquellas que no lo fueran, sigue teniendo vigencia en la actualidad esto se debe a la escasa capacidad de auto-definición sexual de las mujeres, en ocasiones demasiado ocupadas en sobrevivir a los constantes ataques y violencias derivados de su propio sexo. Si la “naturaleza sexual masculina” es intrínsecamente brutal, compulsiva, irresponsable, orientada a la genitalidad e irremediablemente incontenible, según los significados otorgados por la cultura patriarcal y esta además, se enciende por culpa de las mujeres, no es de extrañar que estas hayan constreñido su propia sexualidad con la finalidad de no desencadenar los peligrosos deseos masculinos.

Cuando a la cautela y a la pasividad (atributos de la sexualidad femenina patriarcal) se suman los embarazos no deseados, el acoso callejero, el estigma, el desempleo, la agresión contra homosexuales y mujeres, la violación y el arresto, a menudo la pasión no tiene oportunidad (Vance, 1989:14).

La amenaza de violencia masculina constriñe la sexualidad de las mujeres, las cuales al romper el pacto sexual se exponen a ser duramente castigadas, no solo mediante la violencia física y explícita sino también, mediante el desprestigio social, la estigmatización, y el resto de violencias derivadas del control masculino sobre el cuerpo de las mujeres. Por otra parte,  el miedo  a la dependencia y sobretodo a la competitividad con otras mujeres serán también temores que deberán enfrentar las mujeres en su camino para la liberación sexual. En la disputa por la atención de la persona amada (hombre o mujer) son las mujeres las que compiten entre ellas, lo que supone un mal presagio para la solidaridad femenina. Además abandonarse al deseo supone frecuentemente la separación con el resto de mujeres. En muchas ocasiones las mujeres que se abandonan a sus propios deseos desarrollando sexualidades promiscuas o activas y desenfadadas son culpadas por el resto de mujeres, apartadas o desprestigiadas, reproduciéndose una vez más, la clásica separación entre mujeres castas y mujeres impuras.

A la vista de los peligros que se derivan de la sexualidad femenina, pero con la convicción del potencial revolucionario y liberador del deseo femenino, debemos reflexionar la manera mediante la cual podemos las mujeres desarrollar nuestro placer sin ignorar los peligros que de él se derivan, sin obviarlos pero sin aumentarlos, impidiendo concienzudamente que el peligro lo inunde todo, ya que entonces devenimos solo víctimas, incapaces de otorgar resistencia al poder de significados masculino.

La percepción de la sexualidad femenina como más orientada a la intimidad y la emoción e intrínsecamente pasiva, así como los peligros en la búsqueda del placer, convierten a las mujeres en pasotas del sexo. Para una mujer, reconocer su deseo, explicitar que le gusta el sexo es altamente vergonzoso, todo está organizado para que su deseo sea rápidamente desprestigiado, bien sea porque al reconocerlo rompe con su imperativo sexual o bien porque parece que lo que de verdad le interesa con tal afirmación es provocar el deseo masculino. Y como bien sabemos, las mujeres deben actuar como custodios morales de la sexualidad masculina, de lo contrario: si despiertas a la bestia, apáñatelas!

De esta manera el sexo no es terreno para las mujeres. parece ser que lo más aconsejable es permanecer ignorantes. El problema está en que, cuando los valores morales de la iglesia y el puritanismo disponían de vigencia y aplicación práctica en la vida de las personas, la desinformación y la pasividad de las mujeres se correspondía con el orden social imperante[2]. Pero al darse nuevas realidades sociales como las derivadas de las recientes “revoluciones sexuales”, en las cuales el mercado sexual inunda de mensajes que erigen al sexo como el nuevo Dios y sentido de la realización personal, la pervivencia de tales prejuicios en la sexualidad femenina, pueden tener efectos devastadores. Si a esto le sumamos el discurso de la naturalidad, que supone el abandonar todo a la espontaneidad del momento, las consecuencias para las mujeres, las cuales no han desarrollado una cultura del sexo propia y subjetiva, suponen la adhesión a los significados sexuales considerados universalmente válidos, los masculinos. Mientras que por una parte se nos empuja a practicar el sexo sin inhibiciones y se culpabiliza a las mujeres poco activas haciéndolas parecer poco liberadas o sexualmente prejuiciosas, por otra parte se mantienen  los estereotipos que culpabilizan a las mujeres con sexualidades no normativas. Así las prostitutas son paradigma de los nefastos presagios que cabe esperar si no te conformas a los parámetros de corrección sexual asignados  tradicionalmente a la feminidad, por otra parte, la violación puede ser el castigo merecido si no encuentras el “punto justo” en el juego de la seducción.  Encontrar el punto justo entre castidad y libertad sexual, entre trabajo y domesticidad, entre maternidad responsable y maternidad asfixiante, entre feminismo y sumisión, entre placer y peligro, el exceso en las mujeres está altamente castigado.

En el sexo es difícil marcar la línea entre el rechazo moralista y reflejo (…) y la aceptación simplista  e indiscriminada (…) pero tenemos la obligación de intentarlo (Tiefer,1996:137). Nadie dijo que fuera fácil.

El discurso de derecho al aborto parece que, en ocasiones, libera de la ardua tarea deconstructiva en la cual, las mujeres debemos enfrentarnos a investigar nuestros deseos para, probablemente descubrir como demasiado a menudo nos abandonamos al deseo del/la otr@. Si bien es cierto que la sexualidad femenina ha estado ampliamente problematizada y en el punto de mira de las intervenciones médicas, psiquiátricas, religiosas, mercantiles, etc. y que esto ha supuesto, en contrapartida, una invisibilización de todo lo problemático que conllevan los valores asignados a la sexualidad masculina, una revisión propia de nuestros deseos no cedida a institución de ningún tipo favorecerá el surgir de una sexualidad propia, basada en el placer y suficientemente reforzada para que los intentos normativizadores no den sus frutos.  Por otra parte, poner en el centro el placer, supone el rechazo a aquellas prácticas las cuales no solo no resultan placenteras para nosotras sino que, además, suponen colocarnos en una situación de peligro intolerable.

BIBLIOGRAFÍA:

Dubois, Gordon, Vance en: Carol S. Vance (comp).1989. Placer y Peligro. Explorando la sexualidad femenina. Madrid. Talasa.

  • Pheterson, G. (1996) El prisma de la prostitución. Madrid: Talasa.
  • Tiefer, L (1996) El sexo no es un acto natural y otros ensayos. Madrid: Talasa.


[1] Dificultad o imposibilidad de llegar al orgasmo.

[2] Lo cual no significa que las mujeres no desarrollasen estados de precariedad existencial en relación con su libre desarrollo.

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